Si las tendencias actuales continúan, se estima que casi 3.000 millones de adultos – alrededor del 50% de la población adulta mundial- vivirán con sobrepeso u obesidad para el año 2030. Dentro de ese grupo, se proyecta que más de 1.100 millones de adultos, 487 millones de hombres y 643 millones de mujeres, lo harán con obesidad.
Frente a una enfermedad crónica que avanza a esta escala, la pregunta ya no es solo cuántas personas viven con exceso de peso, sino si los sistemas de salud están usando las herramientas adecuadas para diagnosticarla, atenderla y acompañarla.
Durante décadas, el Índice de Masa Corporal —conocido como IMC— fue una de las herramientas más usadas para diagnosticar sobrepeso y obesidad. Pero la comunidad científica advierte que ese número, calculado a partir del peso y la altura, no alcanza por sí sola para entender el riesgo real de una persona. Un nuevo marco diagnóstico publicado en The Lancet Diabetes & Endocrinology propone mirar más allá de la balanza e incorporar otros criterios clínicos, como la distribución de la grasa corporal, las enfermedades asociadas, la funcionalidad y la historia médica.
El cambio no significa descartar el IMC, sino dejar de usarlo como única herramienta. La obesidad no debería definirse solo por cuánto pesa una persona, sino por cómo el exceso de grasa puede afectar el funcionamiento del cuerpo, la salud metabólica y la calidad de vida.
Un mismo IMC, riesgos distintos
El IMC es fácil de calcular, pero engañoso. Josep Vidal, jefe del grupo de obesidad del Hospital Clínic de Barcelona (España), es tajante: “el diagnóstico basado solo en el IMC es muy imperfecto por esa relación moderada que existe entre IMC y la adiposidad. Y es que la mitad de la variabilidad en la grasa corporal es lo que explica el IMC”. En la práctica, “esto significa que dos personas con el mismo IMC pueden tener riesgos de salud abismalmente diferentes.”
Por sí solo, este índice no distingue entre músculo y grasa, ni detecta dónde se esconde esta última. Y es que hay masa que puede ser grasa, pero también hay una masa que puede ser magra, como es el caso del músculo. Esto puede llevar a diagnósticos erróneos en personas con mucha musculatura, a las que si fuera por lo que marca una balanza o báscula se las llegaría a calificar como con sobrepeso u obesidad; y también se cometen errores con aquellos individuos que poseen poca masa muscular y exceso de grasa (y que, entonces sí, viven con una obesidad sarcopénica).
“Otro problema es que el IMC no ofrece información sobre dónde se localiza la grasa, lo cual es determinante para el riesgo metabólico”, aclara Vidal. La evidencia científica muestra que la grasa glúteo-femoral puede ser protectora, mientras que la grasa visceral es la que dispara el riesgo de enfermedades como la diabetes tipo 2 y los trastornos cardiovasculares . Grandes estudios globales admiten esta debilidad: “El IMC es una medida imperfecta de la extensión y distribución de la grasa corporal”.
Al IMC como número aislado le falta el componente clínico y eso lo convierte en un «correlato débil» a nivel individual para determinar la relación entre adiposidad y enfermedad, debido a que no detecta las consecuencias fisiopatológicas o clínicas de ese exceso de grasa.
Aquí aparece una distinción vital para la atención médica, y es la propuesta de diferenciar entre la obesidad preclínica y la obesidad clínica. La primera se define como un “estado de exceso de adiposidad con función preservada de otros tejidos y órganos”. Es una alerta, la persona necesita seguimiento médico y prevención. Pero la obesidad clínica existe cuando el exceso de grasa ya ha causado un daño tangible en uno o más órganos del cuerpo (por ejemplo, insuficiencia cardíaca, fibrosis hepática o apnea del sueño) o limita actividades diarias de una persona, como bañarse o vestirse.

Nuevos criterios
Pero si el IMC es insuficiente, ¿qué debe observar el personal de salud? Tanto la propuesta presentada en The Lancet como los expertos en obesidad recomiendan sumar criterios más precisos. Para confirmar el exceso de grasa, se debe usar el IMC solo como un elemento de alerta para validarlo después con la circunferencia de cintura abdominal, el índice cintura-altura o el índice cintura-cadera.
Es necesario evaluar mejor la distribución de la grasa en el organismo, y el riesgo que representa para la salud. Una de las nuevas medidas propuestas por los expertos es la circunferencia de cintura abdominal, se proponen umbrales de riesgo de 102 centímetros para los varones y de 88 centímetros en el caso de las mujeres. Estos valores pueden incluso ser más bajos en ciertas poblaciones, como las originarias de Centro y Suramérica, así como de Asia donde podrían ser de más de 90 centímetros en los hombres y más de 80 centímetros en las mujeres. El doctor Vidal destaca que, aunque la circunferencia de cintura abdominal no sea perfecta, es un “gran marcador clínico”. Y como no es perfecta, se agregaron otros.
Uno de ellos es la relación entre cintura y altura, y en ese caso el punto de corte propuesto es mayor a 0.5. A estos dos índices habría que sumarle el de cintura/cadera, para definir el tipo de obesidad: en hombres el umbral sugerido es 0,90 y en mujeres, 0,85. Además, la nueva guía propone el uso de tecnologías que permiten medir directamente la extensión de la masa grasa en el cuerpo, y así analizar la composición corporal. Ahora, en lugar de un solo índice, hay 18 componentes clínicos que un médico puede considerar para diagnosticar si una persona tiene obesidad clínica.
Una mirada más precisa y humana
Mirar más allá del IMC no significa restarle importancia a la obesidad. Al contrario: significa reconocerla como una enfermedad crónica, compleja y multifactorial, que requiere diagnóstico oportuno, seguimiento profesional y un abordaje individualizado.
“Esta nueva mirada permite entender mejor el riesgo real de cada persona y evitar simplificaciones que pueden retrasar la atención. La obesidad es una de las principales amenazas para el envejecimiento saludable y debe abordarse con seriedad médica, no con culpa ni estigma”, afirma Víctor Kalpokas, gerente médico en Adium Latinoamérica.
En este contexto, Adium impulsa la campaña “Hablar te quita un peso de encima”, una invitación a que las personas puedan abrir una conversación respetuosa y basada en evidencia sobre su salud metabólica. Hablar con un profesional de la salud no significa reducir la obesidad a un número en la balanza ni buscar respuestas rápidas, sino revisar historia clínica, comorbilidades, hábitos, bienestar emocional, barreras de adherencia y alternativas de tratamiento disponibles.
El tratamiento puede incluir cambios en el estilo de vida, nutrición, actividad física, apoyo conductual, salud mental, farmacoterapia aprobada o cirugía bariátrica cuando corresponda, siempre según evaluación profesional y seguimiento médico.
La balanza puede ser un punto de partida, pero no debería ser el punto final. La salud de una persona merece una evaluación más completa que un solo número.